Coloquio de IDEA: Evitar el default, plan económico y acuerdos con todos los sectores, la receta de Israel para bajar la inflación

Uno de los paneles que mayor interés despertó fue la exposición sobre la experiencia israelí para derrotar la inflación, presentada por Esteban Klor, profesor del Departamento de Economía de la Universidad Hebrea de Jerusalén e investigador principal.

Coloquio de IDEA: Evitar el default, plan económico y acuerdos con todos los sectores, la receta de Israel para bajar la inflación

Nacido en Córdoba y con un acento argentino intacto tras 40 años en Israel, Klor destacó que la estabilización económica israelí de 1985 se implementó como respuesta a una crisis acumulada desde fines de los años sesenta. En ese período, el país enfrentaba guerras, tensiones geopolíticas, una inflación cercana al 450 % anual, una economía altamente centralizada, un gasto público equivalente al 76 % del PIB, un déficit fiscal cercano al 17 %, además de fuga de capitales y riesgo de default. “Estuvimos ahí, casi”, reconoció Klor, subrayando un punto que diferencia a Israel de Argentina, que ha experimentado varios incumplimientos de pago.

En ese contexto, Israel había llevado a cabo programas parciales que no tuvieron éxito debido a que “no se diseñó una estrategia de largo plazo, sino un plan orientado a detener la emergencia y recuperar la estabilidad”, explicó Klor.

El plan definitivo combinó reformas fiscales y monetarias: se eliminó la indexación, se devaluó la moneda inicialmente en un 20 % y luego se fijó el tipo de cambio como ancla. Además, se redujo el gasto público del 76 % a cerca del 60 % del PIB, se restringió el crédito y la emisión monetaria destinada a financiar el déficit, y se aplicaron altas tasas de interés. Como resultado, la inflación cayó rápidamente hasta cerca del 20 %, aunque se mantuvo en ese nivel hasta finales de los años ochenta o comienzos de los noventa debido a la inercia. El ajuste tuvo un costo social considerable: los salarios reales se redujeron casi un 10 % en los primeros años.

Klor atribuyó gran importancia a la viabilidad del programa, que dependió tanto de la coyuntura política como de las medidas económicas. En 1984 se conformó un gobierno de unidad entre las principales fuerzas de centroizquierda y centroderecha. Ambos partidos, junto con sindicatos y sectores empresariales, acordaron asumir el costo social del ajuste y sostenerlo a pesar del impacto electoral. “El compromiso compartido permitió modificar las reglas y dio tiempo para que las medidas surtieran efecto”, afirmó.

Asimismo, se establecieron normas de responsabilidad fiscal y disciplina monetaria. La ley presupuestaria obliga a aprobar el presupuesto antes de finales de marzo; de no hacerlo, cae el gobierno. Además, limita el déficit admisible. La independencia del Banco Central fue inicialmente un compromiso informal: las autoridades y partidos aceptaron que el organismo no financiara el déficit mediante la emisión monetaria. La ley formal que garantizó la independencia se aprobó en 2010. Aunque las reglas fiscales no contemplan sanciones legales por incumplimiento, su violación implica un costo político significativo. Con el tiempo, “la responsabilidad fiscal se convirtió en una expectativa del electorado, independientemente del partido gobernante”, señaló Klor.

El marco institucional se mantuvo estable, aunque las políticas económicas evolucionaron con el tiempo. Tras una recesión inicial, desde fines de los años ochenta se impulsaron la liberalización y las privatizaciones, se eliminaron los controles de precios y, desde 2000, se adoptó un tipo de cambio flotante. “La continuidad de las reglas entre gobiernos permitió ajustar el modelo sin modificar su compromiso básico con la estabilidad”, explicó el especialista.

Otro factor fundamental fue el rol de la innovación tecnológica, que convirtió a Israel en una “startup nation” con miles de emprendedores y un fuerte respaldo del ecosistema universitario, institutos de investigación y el Estado. En poco tiempo, Israel pasó de exportar productos agrícolas como naranjas y flores a convertirse en potencia tecnológica.

“La estabilidad no creó por sí sola la industria tecnológica, pero proporcionó una base para inversiones a largo plazo. A partir de comienzos de los años noventa, el aumento de la inversión en investigación y desarrollo contribuyó a consolidar un ecosistema de alta tecnología. Al reducir la incertidumbre económica, la estabilidad permitió evaluar proyectos con horizontes a cinco, diez o quince años, aun cuando persistía el riesgo inherente a la innovación. El éxito del ecosistema atrajo centros de investigación de multinacionales como Apple, Google y Nvidia”, añadió Klor.

No obstante, reconoció que el proceso no fue sencillo. “La transformación del sector privado fue prolongada y costosa: no todas las empresas sobrevivieron, y los incentivos empresariales debieron cambiar del enfoque en la supervivencia inmediata a la adaptación y la competitividad. El sector tecnológico alcanzó altos niveles de productividad e ingresos, aunque se esperaba un mayor desarrollo en la generación de riqueza”, concluyó.

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